San Carlos de Bariloche, Patagonia Argentina |
Muchas veces los prejuicios son los que nos impiden dar los pasos importantes, los que nos hacen abandonar de antemano cualquier posibilidad de comunicación entre quienes pensamos diferente. Pero siempre, Dios me demuestra que está y hasta se empecina en demostrarme que está. Y aquí, amigo, la diferencia que nos diferencia: yo sé lo que es vivir sin Dios y sé lo que es vivir con Dios. Como quien ha podido sentir el gusto del agua y también de una buena cerveza helada. Por eso te escribo, para contarte. Porque sería un egoísta si me guardo para mí lo que significa vivir con Dios. Porque quien vive con Dios, no se lo puede quedar para sí, como un pan que nos quema en las manos y sólo miramos a los costados para ver a quién podemos dárselo o dónde podemos dejarlo. Siempre recuerdo que en mi infancia intentaba mantenerme lejos de ciertas palabras como: “Biblia”, “alabar”, “bendecir”, “glorificar”, “prójimo”, “Jesús”, “orar”. Era realmente un mundo extraño, ajeno a mí; palabras “de otros” que usaban personas raras. Con el tiempo me he dado cuenta que hay personas y sensaciones a las que no les caben otras palabras que esas. Un día ya nadie me habló de Dios, ya nadie me dijo que él me amaba, me lo dijo El personalmente y no sólo me lo dijo, me lo demostró. ¡Quisiera tanto que pudieras experimentar el amor de Dios en tu corazón! Es una sensación que supera todo. Ese amor trae consigo una Paz perdurable en el interior que no se aplaca con nada, ¡con nada! y te permite vivir con alegría permanente. No deja de haber dificultades o problemas, incluso aparecen nuevos problemas, pero se enfrentan con otra actitud, desde otro lugar y así se superan más fácilmente. Hay una cuestión tan sencilla y tan relevante que tantos, seamos creyentes o no, desconocemos: Dios no nos ama porque seamos buenos, sino porque El es bueno. Dios nos ama con nuestras miserias y NO castiga nuestros errores, sino que los perdona. Hay un cuento tan claro en el Evangelio, que se llama el padre Misericordioso. Si tenés una Biblia, buscá en Lucas, capítulo 15. Y si no tenés, podés escribirme y yo te lo envío. Mientras escribo pienso qué pensamientos irán pasando por tu cabeza o por tu corazón, si de incertidumbre, indiferencia, curiosidad, bronca, sorpresa... Poniéndome en tu lugar, creo que sentiría un poco de todo, je. De todas maneras te agradezco que hayas leído hasta aquí. Estábamos en el amor de Dios. ¿Nunca te sentiste solo? ¿Nunca sentiste un vacío en el pecho imposible de llenar? ¿Nunca lloraste en silencio sin encontrar respuesta a tantas cosas? A mi sí me ha ocurrido cuando vivía sin Dios. Hasta que casi sin quererlo le abrí mi corazón y el llenó cada una de los huecos que había dentro mío. Lamentablemente hay cosas que nos impiden experimentar ese amor de Dios, que le impiden a Dios llenarnos de amor. Eso es a lo que le llamamos pecado. Que no es más que decirle a Dios, “Dios, no quiero tu amor” ó “Dios, en mi vida mando yo”. Al tomar una decisión de estas podemos sentir en ese momento placer o satisfacción, pero siempre de alguna manera viene la angustia, la tristeza, el dolor. Sentimientos que brotan en tierra que no está abonada con el amor de Dios. Pienso en la mentira, el egoísmo, la arrogancia, la autosuficiencia. Pienso también de qué manera, sin quererlo, te he ido contando mi vida, mi experiencia, lo poco que me ha tocado vivir. Mucha gente se queda desahuciada en el pecado, estancada, creyendo que porque se mandaron alguna “macanita” o algún “macanón” ya Dios no los acepta más, ya Dios nos los ama. Y se equivocan tanto. Porque Dios no solamente perdona todo a todos sino que ya pagó nuestras faltas, nuestras deudas. ¿Sabías eso? El envío a su hijo Jesús al mundo para que pagara por nosotros las faltas que cometimos y seguiremos cometiendo. En síntesis, Dios ya nos salvó, Dios ya te salvó, no hay nada que pagar, la salvación es GRATIS. A veces veo con dolor cómo mi Iglesia, es decir, los hijos de Dios, hemos transmitido mal el mensaje. Y mucha gente sigue creyendo que para salvarse debe acumular buenas obras. Eso es un error, solamente hay que dejarse amar por El, abrirle el corazón. Te preguntarás ¿con qué se come eso? ¿cómo se hace?. Yo, lo que haría en tu lugar sería buscar un lugar en donde pueda estar tranquilo y solo. Y le diría a ese Dios en el cual no creés que necesitás que el tome la iniciativa. Hasta le diría que no creo en él, le contaría mis desilusiones, las cosas que me han hecho mantenerlo lejos. Le hablaría como a un amigo. Intentaría contarle de mi vida. El te responderá. De la manera y en el momento que El considere, te responderá. Es maravilloso cómo Dios empieza a obrar. Incluso transforma aquellas cosas que creemos que nunca más cambiarán, hasta borra dolores, malas experiencias. Es como nacer de nuevo. Me ha ocurrido que al cambiar yo, mi entorno iba cambiando también. Es que quien está enfermo de Dios contagia hasta con la mirada. Y para ese nuevo camino Dios nos provee de combustible. Ese es el famoso Espíritu Santo, que yo recién estoy conociendo ahora. Qué decirte... Es revoltoso, pero te guía, te inspira, te hace ver cosas que antes no veías, te hace entender cosas que no entendías y será quien te ayudará en el momento que decidas conversar con Dios por primera vez ¿Por primera vez? ¿Has intentado hablar antes con Dios? No sabes cuanto disfruto dedicar un rato a hablar con Dios. Pongo en él mis dificultades, mis tristezas, las cosas buenas que me pasan. A veces, hasta me enojo, hasta lo reto, hasta le digo que estoy cansado de que sus tiempos no sean iguales que los míos y que no puedo sentarlo en el trono de mi vida. Pero todo es diferente después de hablar con Dios. Es como dejar sobre la mesa una carga pesada o respirar aire fresco una tarde de calor agobiante. Ya verás. Una vez abierto el corazón a Dios y con el Espíritu Santo siempre “molestando” cerca tuyo te sentirás como una brasa encendida. De esas bien rojizas, ideales para cocinar un asadito (ya me dio hambre). He aquí un problema. Una brasa no vive por si sola. Se mantiene encendida gracias al calor de las demás. Entonces será necesario encontrar otras brasas encendidas (claro, ya me tienes a mi). Hay tantas comunidades y grupos en la distintas Iglesias. Allí empieza el crecimiento, aumenta la fe, se hacen ¡tantos amigos! Pero eso vendrá después. Primero hay que encender la brasa y para ello primero hay que hacerle señas a Dios para que El se presente en nuestras vidas y podamos creer en El. Bueno, ya me voy despidiendo. De todo corazón me gustaría recibir una respuesta tuya. Yo la leeré y responderé lo más rápido que pueda. La idea es que sigamos charlando. Yo, si me lo permitís, rezaré por vos cada día. Y por cada uno de los que lean la carta (si conozco tu nombre ¡mucho mejor!). Le pediré a Dios que cuide de vos y tus seres queridos. Que se haga presente en tu corazón y en tu vida. Un abrazo, cuenta conmigo. Aguardo tu respuesta Diego García |